Fading memories

12 Mar

Los vidrios estaban empañados y bloqueaban la visión al exterior, prueba casi infalible del frío que hacía afuera.

Se encontraba sola una vez más, rodeada de pequeñas plantas y sobre todo acompañada por su fiel conejo. Escuchaba la lluvia caer, la televisión encendida a lo lejos.

Pero nada de eso importaba.

Un sentimiento ya conocido le oprimía el corazón. Todo era su culpa, eso decía su padre. Comenzó a recorrer la enorme casa, descalza y seguida por el pequeño Tommy. A veces, pese a su corta edad, llegaba a pensar que el animalito se preocupaba más por ella que cualquiera.

Al menos desde que su madre se había marchado.

No se olvidaría nunca del entierro: era la única niña allí, pero nadie parecía percatarse de su presencia, ni siquiera su padre. Éste último había perdido el brillo de sus ojos hacía ya mucho tiempo, y continuaría así de muerto por dentro hasta que su cuerpo dejase de tener fuerzas para seguir adelante.

—¿Mamá?

En los ojos de Tommy se pudo observar un resplandor fugaz. La pequeña acarició su pelaje sedoso y una lágrima accidental rodó por su mejilla.

—Sabía que nunca ibas a dejarme.

Sangre

6 Mar

¿Cómo puede enmendarse el mayor error de una vida?

La angustia y la falta de aire continuaban incrementándose a medida que pasaba el tiempo: cada segundo contaba en contra y alargaba su condena. Merecía pagar, de eso estaba seguro, pero aún así no lograba asimilar su negligencia. Si lograba evadir a la justicia legal, los remordimientos serían su pena de muerte. Su castigo moral.

Cada vez que cerraba los ojos veía la sangre salpicando su ropa; cada vez que intentaba pensar en silencio, escuchaba gritos de horror. Su corazón estaba ya completamente loco, casi tanto como su mente.

Llegado aquel momento, las lágrimas no tardaron en aparecer. Crueles y frías, hicieron a un lado al miedo, a la inteligencia, y a cualquiera que osara cruzarse por la confusa mente del joven. La culpabilidad era la única que se ubicaba cómodamente, la que reinaba sobre toda emoción o pensamiento, la emperatriz en el imperio del alma.

La rubia perfecta. La amaba, la amaba sobre todas las cosas. Solo ella había sido capaz de hacerlo sonreír, solo ella había dado sentido a su patética vida . Había respirado por ella desde el primer día.

Y se había quedado inmóvil, paralizado. Vio al hombre, al brillo de locura en sus ojos, y finalmente al revólver. Sus piernas se habían vuelto de piedra, su mirada se había fijado en aquel desconocido que corrompería su destino y su existencia.

No alcanzó a protegerla, a salvarla… ¿Lo había intentado siquiera?

Y antes de poder moverse o comprender de alguna manera lo que se avecinaba, la pequeña rubia se encontraba en el suelo, gritando de dolor, su vestido blanco manchándose de sangre.

La misma que él llevaba en sus venas.

Red is a slow colour

4 Mar

Todo se ve tan oscuro, todo se siente tan frío.

Dejé escapar un grito cuando uno de mis pies descalzos pisó algo filoso. No supe qué era en aquel instante, pero sentí el dolor y la sangre caliente, muy roja aunque yo no pudiera verla, brotando de mí.

Apreté los puños, aguantando la tentación de correr, de intentar escapar de allí. El cansancio empezó a apoderarse de mí al mismo tiempo que el dolor cedía: casi sin notarlo, mis ojos se cerraron en búsqueda de descanso.

Fue entonces cuando se encendieron las luces. Incluso con la protección de mis párpados, la blancura me hizo doler la cabeza. Un instante, y mi mirada se encontraba correteando, analizando cada aspecto de aquel lugar.

Parecía salido de una película. Todo era blanco, más que la harina, más que la nieve…más que la muerte. Objetos cotidianos aparecían y desaparecían constantemente: sedas, plumas, flores. Observé el suelo y me encontré con una mullida alfombra bajos mis pies. Ningún objeto cortante o punzante…ningún rastro de mi sangre ni de mi reciente dolor. ¿Qué demonios era aquello? ¿Un sueño? ¿Una alucinación? Todo era demasiado real y demasiado fantástico al mismo tiempo. Las piernas me temblaban, no dispuestas a permanecer por mucho más tiempo en aquel extraño mundo paralelo. Finalmente me percaté de lo único que no se modificaba en aquel espacio era una enorme puerta, decorada de forma exagerada y anticuada. Insegura, giré el picaporte y la abrí, de hecho con una facilidad que casi me deja con la boca abierta.

Crucé entonces al otro lado, cerrando los ojos una vez más, ansiando volver al mundo real, despertar de aquella grotesca mentira. Me sentí sonreír, ilusionada y decidida.

Pero cuando abrí los ojos, mi realidad continuaba siendo ficción. Allí estaba de nuevo el cuarto…pero esta vez, todo era rojo. Completamente desesperanzada me dejé caer al suelo, en ese entonces unas frías baldosas que no amortiguaron mi descenso. Las lágrimas empezaron a aparecer, tan rápidas como siempre. Las sequé con mi antebrazo, y observé entonces que mi enfermiza piel se había manchado de sangre.

¿Alguna vez has temido que todos tus sentimientos negativos se concentraran en una habitación, rodeándote y forzándote a vivirlos? Yo sí. Aquello no era un sueño, era la peor de las pesadillas. Comencé a gritar, mis manos enredadas en mi cabello. Mi voz brotó con toda su fortaleza hasta que me quedé sin aire. Fue entonces cuando accidentalmente levanté la mirada, observando el lugar donde tendría que haber estado el techo de aquella habitación. En vez de eso, me encontré con un cielo rojizo, cargado de nubes, sin estrellas y sin Luna.

Ese lugar también tenía una puerta de salida, opuesta a la que me había llevado al lugar, pero no me percaté de su existencia hasta que alguien la abrió. Mi corazón casi se detiene por el susto, pero de alguna forma conseguí conservar la cordura.

Una figura imponente se ubicó en frente mío. Intenté levantarme del suelo, pero estaba pegada a él mediante algún tipo de magia infernal. No significó un gran problema, igualmente. La persona recién llegada se arrodilló a mi lado, mirándome a los ojos.

Era Ryan.

¿Quién era Ryan? ¿Quién era yo? Ya no recordaba cuál era mi verdad y cuál la fantasía. ¿Había salido alguna vez de aquella habitación? Sentía como si hubiera estado allí toda la vida. Aún así, Ryan… mi corazón débil volvió a enloquecer. El rostro de esa persona junto a mí estaba manchado con sangre, al igual que su camisa blanca y su jean claro. Tanta confusión no cabía en mi cerebro: si no descifraba aquel acertijo pronto, acabaría convertida en un cuerpo sin alma, sin recuerdos.

-El accidente -lo escuché susurrarme al oído. Sentí escalofríos y esperé a que continuara su discurso, pero no lo hizo. ¿Sería capaz de oírme? Debía intentarlo.

-¿Qué accidente?

-Tus demonios -sus ojos casi negros se fijaron en el cielo mientras hablaba de nuevo.

Pestañeé varias veces, comprendiendo cada vez menos. ¿Acaso yo era demasiado tonta para aquel ser, o éste era de alguna forma superior a mí? ¿Accidente? ¿Demonios? Tantos sinsentidos me marearon. Pero decidí guardar silencio al percibir que el extraño (¿Era un extraño? Quizás no. Algo en mi interior me hacía dudar) estaba dispuesto a continuar hablando.

-Nunca despertarás -hizo una pausa y estuve a punto de reclamar una explicación coherente- a menos que luches contra ellos.

Esta vez que sí no lo dejé terminar. Hablando con un tono bajo pero furioso, intenté aclarar mis dudas.

-¿Contra quienes? ¿Contra mis demonios? -lo observé asentir con la cabeza de forma lenta. Me cansé de sus reacciones lentas y relajadas, necesitaba volver a donde quiera que estaba antes. Así que simplemente le grité, aferrándome de su camisa con fuerza – ¡¿Quiénes son?! ¡Dímelo! ¡Sé que lo sabes!

-Eso… -acercó su rostro al mío hasta que nuestros labios se rozaron. Ante tal atrevimiento deseé golpearlo tan crudamente como me lo permitiera mi energía, pero mi voluntad para moverme y gritar se había esfumado como si fuera humo- No puedo decírtelo.
Iba a alejarme del extraño (Ryan, seguía repitiendo mi mente), pero para entonces ya había desaparecido. ¿Se había marchado por la pequeña puerta roja por la que había llegado? Probablemente no, pero yo sí lo hice.

La tercer habitación era azul. Podría haber vuelto a llorar, pero para ese entonces ya me había acostumbrado a las peculiaridades del lugar. Bueno, un poco.

Porque no esperé que cuatro personas entraran por donde yo había llegado unos segundos antes. Aún no me había caído al suelo (Plagado de arena y sal), así que me encontraba a la altura de los desconocidos. Preparé mi mente para una nueva tortura. Nadie me había explicado nada aún, pero estaba convencida de que la presencia de todas aquellas personas no era una casualidad. Mi presencia en aquel lugar no era una casualidad. Era destino.

No, ni siquiera destino. ¿Qué es el Destino? Uno de los cuentos que se inventaron para asustar a la gente. ¡Tonterías! Pero… si no era Destino y no era casualidad, ¿Qué era entonces? Retrocedí un par de pasos, alejándome de aquellos cuatro misterios que no dejaban de mirarme de forma acusadora. Dos hombres y dos mujeres. Jóvenes, heridos.

-¿Recuerdas a mi amiga? -una de las extrañas, una muchacha pelirroja, señaló una botella -uno de los objetos que aparecían y desaparecían en la habitación azul- Alcohol, supuse. “¿Y qué con eso?”, pensé. Pero los otros tres presentes no me dieron tiempo a hablar.

-¡Te lo advertimos!

-¡Lo sabías!

-¡Es TU CULPA!

Fue entonces cuando salí corriendo de la habitación. La habitación azul me llevó a una verde, la verde me llevó a una amarilla, y la amarilla me sumergió en oscuridad pura. Cerré los ojos, incapaz de llorar, incapaz de gritar: incapaz de pensar.

Y repentinamente mi cerebro decidió volver a funcionar. Los recuerdos comenzaron a surgir.

Un automóvil: yo estaba conduciendo. A mi lado se encontraba Ryan, que acariciaba mis piernas. Se suponía que debía disfrutar de aquella muestra de cariño, después de todo era mi novio…pero solo era una distracción más. Mis ojos se sentían muy sensibles ante la luz, la calle estaba borrosa (El problema no era yo, era la calle) y veía doble. Doble, triple, cuádruple. Los gritos de cuatro falsos amigos en el asiento trasero tampoco me ayudaban a concentrarme. ¡Me sentía tan cansada! ¿Cuándo acabaría el viaje? Miré a Ryan por un segundo, quien me sonrió. ¿Y luego…?

La habitación blanca.

Repentinamente todo cobró sentido. Todo había sido por mí. ¿Estarían muertos? Observé por primera vez mi vestimenta: parecía salida de un matadero. ¿Estaba yo muerta?

Aquello no parecía ser el Cielo ni el Infierno. Las palabras que aquel desconocido -que era de hecho, el más cercano a mi corazón- sonaron cuerdas y comprensibles. Debía luchar contra mis demonios, contra mi culpa, contra mis pecados: recién entonces sería libre. Podría abandonar las eternas habitaciones. Ahora solo había una incógnita presente en mi mente, esa en la cual me encontraba encerrada.

¿Cómo se lucha contra uno mismo?

(In)dependencia

20 Jun

La dependencia, la que nos corre por las venas. En mayor o menor medida, todos dependemos de algo, de alguien. Creemos que la Tierra depende de nosotros, cuando finalmente nos percatamos de que somos nosotros quienes dependemos de ella.La dependencia: la que nos hace aferrarnos a otras personas.

La que no permite olvidar a ese amor imposible, la que nos convierte en la sombra de nuestras amistades. Dependemos del tiempo: nos ata eternamente, o al menos hasta que se nos acaba, de repente, cuando pasamos del último segundo de nuestras vidas.

El tiempo es oro, o al menos eso vale, y no vuelve. Se marcha para nunca regresar. Lo observamos escurrirse entre nuestros dedos, con más fuerza que el agua, la luz, o el aire. Depender es como un nudo que no se puede desatar, un factor inmortal e insaciable. No podemos soltarnos. Yo dependo de mis letras. ¿Y tú?

Las Horas

12 Abr

Ella siempre lo esperaría. Tendría paciencia, respiraría profundo, y aguardaría todo el tiempo que fuese necesario. Días, meses, años. Todas las primaveras que tuviese que esperar, ella lo haría: cruzada de brazos, suspirando de pena, ella velaría, rezaría y suplicaría porque él abriese los ojos y entendiese los principios del amor.

Pero aquel día su ilusión brotó como una flor y su corazón renació como un fénix de sus cenizas, la joven anhelando como si fuese una niña de ojos soñadores otra vez. Había recuperado su gracia, su brillo, sus sonrosadas mejillas en aquella ciudad tan gris.

Él había aceptado verla al día siguiente.

La chica, repentinamente convertida en mujer, se miró al espejo y sonrió de oreja a oreja, orgullosa de sí misma. ¿Qué ropa se pondría? ¿Cómo debería maquillarse? ¿Qué estilo llevar? ¿Provocativa o dulce? No se decidía por nada específico, por lo que simplemente improvisó. Aún quedaban veintidós horas y treinta minutos, tiempo que no podía desperdiciar.

Veinte horas y cuarenta y siete minutos, y continuaba de pie frente al espejo, considerando cada una de las posibilidades. Cada palabra que diría. Cada respuesta que obtendría.

Cinco horas y ya se encontraba lista: apariencia y actitud, preparados para atacar. No había dormido debido a su ferviente ansia, pero era imposible ver las profundas marcas bajo sus ojos por la cantidad de maquillaje que llevaba puesto. Se sentía plástica, superficial…pero quizás eso fuese lo que él quisiese, lo que necesitase de ella.

Una hora y media, y salió de su apartamento. Ni siquiera lo cerró con llave, estaba demasiado ocupada pensando en otras cosas como para preocuparse por aquellas nimiedades. Andando tan velozmente como se lo permitían sus zapatos de taco aguja y color rojo sangre, bajó los cinco pisos que la separaban del vestíbulo por las escaleras, sin importarle las posibles consecuencias de tal apuro. No iba a llegar tarde, pero quería asegurarse de estar allí antes que él.

Quizás por su hiperactiva actitud o por su aspecto exaltado, pero los conductores de los taxis decidieron ignorarla, mientras desesperadamente intentaba lograr llegar a destino.

Media hora. La joven ya se había desprendido de su mínima paz y su casi inexistente calma, y estaba desesperada por encontrarse con su querida obsesión desde hacía tantos años.

Veinte minutos, y un auto por fin decidió detenerse. La chica, entre incomprensibles palabras de ira, se subió al taxi y le indicó el lugar al conductor. Un hombre amable, afortunadamente. Supo guardar silencio mientras ella entraba en pánico y se largaba a llorar, arruinando el maquillaje que tantas horas de sueño le había arrebatado.

Quince minutos tarde. Repentinamente, el conductor frenó de forma tan brusca que la llorosa casi se golpeó contra el asiento que tenía delante de ella. Se veía una concentración de gente tapando el camino que tendría que haber continuado el auto amarillo. Desorientada, la joven abrió la puerta del auto y se acercó a la fuente del escándalo. Tras todas aquellas entrometidas personas, a quienes empujó con muchas prisas, encontró la fuente del problema.

Varios automóviles habían impactado entre ellos. El resultado parecía demasiado obvio: una escena de una película policial, pero: ¿En la vida real? Nunca.

Sangre, sangre por todos lados. Un cuerpo sin vida, rodeado de temerosos espectadores. Melody, porque así se llamaba Ella, se acercó, orientada por su morbo y no por su sentido común.

En aquel momento deseó no haber visto nunca el rostro de aquella víctima del destino. Porque aquel hombre, la querida obsesión, podría haber determinado el futuro de la joven.

Cayó de rodillas sobre la calle, lastimándose las rodillas al impactar contra el suelo. Se le resbaló de la mano el billete que llevaba para pagarle al conductor del taxi, y la opresión que la joven sintió en el pecho en aquellos instantes no se parecía a nada que hubiese experimentado antes.

Ella siempre lo habría esperado. Pero el destino no era tan paciente. Melody había llegado quince minutos tarde.

Tolerancia

2 Abr

La intensidad de la bofetada aún me tenía mareada. Supongo que él lo notó, porque su expresión se ablandó, mientras lo poco de humanidad que le quedaba hacía que en sus facciones se dibujase una mueca de arrepentimiento. Aquel rostro apenado me había hecho sentirme culpable y responsable cientos de veces, pero ya no.

No sin muchos esfuerzos me levanté del suelo, manteniendo aún mi fría mano sobre mi ardiente mejilla, que se negaba a hacer ceder el dolor.

-Lo siento –lo escuché susurrar en el tono que usaba siempre-. No volverá a ocurrir, nena.

“Está bien, no pasa nada”. Eso decía yo siempre.

Esquivándolo, mientras me miraba ansiosamente, me dirigí a la cocina. Tomé el teléfono y marqué, con mis dedos temblorosos, el novecientos once. Ante la robótica voz de la operadora, respondí con firmeza:

-Maté a mi novio –y mientras pronunciaba aquellas palabras, tomé un cuchillo.

Despierta

27 Mar

Satine garabateó figuras indescriptibles en una hoja de papel antes de decidirse. Veía su rostro, muy desmejorado por el paso de los últimos veinte años, reflejado en el espejo que tenía cerca. Tomó el bolígrafo y suavemente, se comenzaron a trazar las delicadas figuras de su cursiva. Apenas se detenía para tomar aire, sin pensar siquiera en las palabras que brotaban, impregnando la hoja.

27 de marzo de 1998

Querido Samuel:

¿Cómo estás? Hace mucho que no respondes a mis cartas. ¿Te sigo importando en lo más mínimo? Un día me hartaré de esperarte, y cuando quieras volver a mí, yo ya me habré marchado, y estaré tan lejos como pueda de ti.

Esta es mi última advertencia, Samuel. Sabes que te quiero, que te quiero más que a mi vida misma, pero me estoy cansando. Comprendo que estés ocupado, realmente lo hago, pero llega un momento en la vida de todos en la que hay que volverse responsable y despertar. Despierta, querido mío: yo ya lo he hecho.

¿Estás ignorándome? No quiero pensar en ello siquiera, pero estas cosas nunca se pueden descartar. ¿Estás enojado conmigo, Samuel? Merezco una explicación. Espero recibirla pronto, antes de tener que marcharme…

Te quiero mucho, y espero que podamos vernos pronto. Extraño aquellos momentos que pasábamos juntos, el día a día que tan feliz me hacía. Quiero tener novedades de ti y de tu viaje, cariño. Despierta.

Satine

Y al acabar de escribir, dobló la hoja por la mitad, la colocó en un sobre al que cerró con total tranquilidad, y lo guardó en un cajón. Entre la pila de sobres cerrados que había allí, sobresalía un recorte de periódico:

“27 de marzo de 1978: El exitoso empresario Samuel Lennys fallece en trágico accidente automovilístico”.

Dime

26 Mar

No me digas que me odias.

Llámame mentirosa, si quieres. Pero tú eres quien oculta todo tras una sonrisa, quien esconde las más crueles verdades tras débiles palabras de consuelo.

Dime que soy violenta, si quieres. Pero no soy yo quien se disculpa tras cada golpe, pero nunca parece reivindicarse, no soy yo quien se comunica gritando, dejándose llevar por la ira.

Llámame malvada, si quieres. Pero tú eres quien forja en mí las grandes ilusiones que reinan mi vida, eres tú quien vive su vida guiándose por los ajenos.

Dime que soy de lo peor…si quieres. Pero no soy yo quien tras cada botella se vuelve más maligno, no soy yo quien sólo almacena odio y rencor.

Llámame mentirosa, dime que soy violenta, llámame malvada, dime que soy de lo peor.

Pero no me digas que me odias, cariño.

Porque yo te quiero.

Sin Título (1)

26 Mar

Deanna caminaba sola.

Sus pasos eran lentos y pesados, como si la joven temiese quebrar aquel equilibrio, dañar el suelo que pisaba.  Iba descalza,  y andar por la hierba mojada debido a la lluvia de la noche anterior le proporcionaba mayor satisfacción que cualquier otra cosa existente en aquel vil mundo.

Casi le pareció oír una conocida voz, llamándola casi a los gritos.  Estuvo a punto de mirar hacia atrás, pero en el fondo comprendía que sólo había sido su mente, jugándole una broma otra vez, intentando despegarla de la fría indiferencia que la caracterizaba.

Comenzó a sentir la lluvia que, lentamente, se reanudaba e iba aumentando su intensidad a tal velocidad que, antes de pensar en resguardarse, Deanna estaba totalmente empapada.

Encontró un imponente árbol bajo el cual pudo resguardarse, a salvo del diluvio que, momentáneamente, se negaba a cesar. Se acurrucó, temiendo que la lluvia la alcanzase. Acarició su vientre levemente abultado, exhalando un resignado suspiro. Sintió una mezcla entre el sofocante calor característico de aquella época del año y el frío, provocado por el agua, que comenzaba a helarla hasta los huesos.

Lorraine: Capítulo 1

21 Feb

Salí corriendo al ver mi reloj, aunque debería haberle dado las gracias al hombre. Me había quedado dormida en el subterráneo, y como siempre, de mi sueño profundo nadie quiso ni habría podido, de cualquier manera, despertarme. Cuando el recorrido había acabado, un anciano lento y torpe me había avisado, suavemente, de que ya me tenía que ir de allí o que nunca llegaría a mi casa. Me levanté de un salto y desaparecí de allí como si me persiguiese un rayo.

Recordé mi extraña travesía en aquel sucio transporte. Las luces amenazaban con apagarse a cada momento. Y, por supuesto, estaba aquel hombre que me torturaba con sus ruidos.

Sentí el repiqueteo de sus dedos contra el vidrio de la ventana y me mordí el labio, conteniendo el deseo de pedirle que se detuviese.
Pero claro, ¿Quién era yo para darle órdenes a un completo desconocido, aunque me estuviese poniendo extremadamente nerviosa haciendo ruido en el subterráneo? “Basta ya, maldita compulsiva, basta ya”, me dije mentalmente.
Miré como pude por la sucia ventanilla. El paisaje era monótono y gris, y me resigné a aguantar el sonido que me acompañaría por el resto del viaje.

Cuando finalmente me encontré en la calle, odié mi idiotez: el lugar estaba inundado de graffitis, prostitutas y algunos grupos pandilleros. Yo misma formaba, de alguna manera u otra, parte de uno, pero no éramos agresivos: simplemente nacimos y crecimos con carencias que nos hicieron diferentes. Pero aquellas personas, en aquel lugar…sentí que iba a desmayarme, porque los recuerdos vinieron a mí como una repentina ráfaga de viento. Aún así continué mi camino, intentando esquivar a todas las personas. Observé con desagrado los edificios: la mayoría de ellos estaban tapiados o abandonados; todos tenían un aspecto que daba pena…o miedo.

Porque por aquella época yo aún sabía lo que era sentir miedo. Lo sentía todo con intensidad, de forma brusca. Delicadeza era para mí una palabra desconocida.

En ese instante, aún poseyendo mi disfraz de chica dura, comencé a temblar: como si realmente me preocupase, como si mi supuesta indiferencia no fuese más que una gran mentira. Apreté los puños, cargada de repentina rabia, sabiendo que yo no podía permitirme ser una debilucha. Recuerdo perfectamente mis pensamientos, porque ni el paso de los años ni las experiencias que atravesé cambiaron mi esencia.

Y así fue como, mientras insultaba al mundo entero en mi cabeza, localicé a Marcus en aquel tétrico lugar, entre tanta gente asquerosa. Me pregunté qué haría él allí. Era de mi grupo, pero a diferencia de los demás, era muy misterioso y escurridizo. Me extrañó verlo allí, hablando con una flamante pelirroja que, sin pudor, exhibía su cuerpo semidesnudo. Les dediqué una mirada furiosa sin pretenderlo y continué caminando por la vereda. Las baldosas del suelo estaban mayoritariamente rotas o flojas, haciendo muy fácil caerse y romperse la nariz, por lo que pisé con cuidado, mirando hacia abajo. No presté atención a mi camino, porque inconscientemente sólo intentaba alejarme de él. De cualquier forma en algún momento tendría que acudir a él para pedirle ayuda, pero intenté postergarlo lo máximo que me lo hiciese posible mi torpe sentido de la ubicación.

Una vez que me hube alejado unos cien metros, me puse a observar a Marcus. Estaba riéndose.

“¿Acaso puede reír? ¿Acaso puede sentir siquiera?” Me pregunté incrédula, encontrándome aún más sorprendida que antes. Marcus se caracterizaba por su enorme carencia de calidez o expresividad alguna, esa que me obligó a mantenerme alejada de él apenas lo vi con la pelirroja. Y tras esta inesperada muestra de humanidad de parte de quien yo creía conocer perfectamente, me encontré escondida tras la columna de un negocio, dedicándole una mueca de odio al mundo entero.

Esperé a que se besasen, se abrazasen, o se tocasen siquiera, pero no ocurrió. Continuaron hablando, y Marcus seguía soltando amplias sonrisas. A pesar de las irrefutables pruebas, en aquel momento me negué a creer que fuesen solo amigos…

…pero realmente deseaba volver a “casa”. Así que, cuando la pelirroja dio media vuelta y se alejó por un oscuro callejón, correteé hacia él, deseosa de que me ayudase a encontrar un camino de regreso. No conté con el hecho de que las baldosas continuaban estando rotas, así que cuando casi había cruzado la calle me caí estrepitosamente. “Alabada sea mi torpeza”, pensé cuando miré mis manos y mis rodillas, con las que me había apoyado al caer. Estaban ensangrentadas y llenas de cortes, porque obviamente yo había encontrado el mejor lugar para mi aterrizaje: uno donde había varias botellas rotas, y por consecuente, cientos de pedazos de vidrio.

Pero aún así me incorporé con velocidad, aunque me sentía algo mareada, y comencé a buscar con la mirada a Marcus. No sé cómo, pero lo encontré a mi lado, intentando contener una sonrisa burlona. Las lágrimas se seguían acumulando en mis ojos a causa del dolor, pero lo miré crudamente.

-Divertidísimo–le dije con ira, cargando mis palabras de sarcasmo.

Aparentó que no me había escuchado, pero vi cómo su sonrisa se desvanecía de forma imperceptible. Tomó mis manos entre las suyas y las comenzó a mirar detenidamente.

Su piel helada me causó escalofríos, y su tacto me recordó al del hielo. De cualquier forma, las manos me ardían, así que se lo agradecí mentalmente, pero no por mucho tiempo. Antes de que pudiese reaccionar ante ello, noté que mi dolor aumentaba como si me clavasen agujas en cada corte. Pero no. Sólo era Marcus sacando los trozos de vidrio que estaban en mi piel. La sangre continuaba brotando y me distraje mirando cómo se estampaba en su camiseta gris, dibujándose así enormes manchas oscuras.

Aún sin decir una palabra, soltó mis manos sangrantes y me indicó que lo siguiese. Mis piernas no deseaban moverse a causa del ardiente sufrimiento de los cortes. Estaba empezando a quejarme cuando él me tomó entre sus brazos, sin darme tiempo a decir nada y también dejándome sin posibilidades de hacerlo.

No sé en qué momento ocurrió exactamente, pero me caí en un sueño ligero, provocado por el cansancio acumulado en mi cuerpo.

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