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Lies

3 Ago
El invierno de 1984 me pareció el más frío de todos, pero el clima no era el responsable. Hoy en día, me avergüenzo de todo lo que dije y lloré en vano, bajo la mirada atenta pero silenciosa de mi madre.
Era un veiuntiuno de junio y yo apenas tenía diez años. Mi padre me había prometido, como siempre lo hacía, que aquel día en el que yo tenía fiebre y deseos de permanecer en la cama, se quedaría conmigo. “¡Esta vez sí que llegaré temprano y jugaremos, Álvaro!”, recuerdo que me mentía cada vez que yo le pedía que se ausentase del trabajo. Como un tonto siempre me ilusionaba, a pesar de que los pedazos de hielo azulado que mi madre tenía por ojos ya supiesen, y lentamente intentasen indicarme, cómo resultarían las cosas.
Como siempre.
Y yo siempre esperaba como un bobo mirando por la ventana durante horas y horas, hasta que mi madre me hacía volver al mundo. “No va a venir temprano hoy”, repetía siempre. A pesar de ello, mi padre seguía prometiendo…y yo seguía creyéndole.
Pero ese veintiuno de junio, mi padre no regresó a casa. Cuando fui a buscar  mi madre a la habitación al día siguiente, las cosas de papá no estaban. Su parte del armario estaba vacía. Sus portarretratos, sin fotos. Mi madre entró en el cuarto cuando yo estaba empezando a sollozar, empezando a entender las cosas.
-¿Dónde está papá?-pregunté casi gritando, desesperanzado. Mi madre permaneció inmóvil por unos segundos. Finalmente reaccionó, se acercó y me abrazó.
-Esta vez no va a volver, Álvaro. Se fue para siempre.
Nada ni nadie podría haber lastimado a mi madre como lo hice yo en ese momento.
-Yo no te quiero a ti, ¡Quiero a papá!-grité entre las lágrimas y salí corriendo
Luego de ese día, descubrí varias cosas: mi madre no era insensible como yo creía, y mi padre se había marchado para siempre. En su momento creí que era porque se había cansado de nosotros, pero ahora comprendo que era un cobarde. Y hoy, veinticinco años más tarde, frente al lugar en el que descansará para siempre la persona que más me quiso y más desprecié, me siento un idiota.
“Perdóname” es lo único que alcanzo a decir.

Untitled

2 Ago
Sostuve la foto con mis frías y temblorosas manos, al tiempo que una lágrima rebelde resbalaba por mi mejilla. Los recuerdos me hicieron mal. Mi memoria se remontó a aquel último momento que compartí con ella. Lo recordé como si hubiese ocurrido el día anterior. La habitación de mi madre, cuidadosamente pintada de color lila, los muebles de roble heredados de mi bisabuela. El perfume a jazmín que desprendía aquella persona a la que tanto quise. Recordé su amplia sonrisa, sus ojos grises. “Como los míos”, pensé. ¿Cómo era posible que todos y cada una de mis memorias siguieran tan arraigadas a mí? Quizá porque aunque habían pasado quince años, aún no me había recuperado del repentino golpe que había supuesto la muerte de mi única confidente. Aún no me había perdonado por no haber ido con ella en aquel avión, así como a mis veintisiete años no había logrado dejar de lagrimear ante su mínima mención. La nostalgia me invadió hasta que sentí cómo el corazón se me oprimía. No me sentí capaz de afrontar su ausencia. Los recuerdos eran demasiado nítidos.
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