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Sangre

6 Mar

¿Cómo puede enmendarse el mayor error de una vida?

La angustia y la falta de aire continuaban incrementándose a medida que pasaba el tiempo: cada segundo contaba en contra y alargaba su condena. Merecía pagar, de eso estaba seguro, pero aún así no lograba asimilar su negligencia. Si lograba evadir a la justicia legal, los remordimientos serían su pena de muerte. Su castigo moral.

Cada vez que cerraba los ojos veía la sangre salpicando su ropa; cada vez que intentaba pensar en silencio, escuchaba gritos de horror. Su corazón estaba ya completamente loco, casi tanto como su mente.

Llegado aquel momento, las lágrimas no tardaron en aparecer. Crueles y frías, hicieron a un lado al miedo, a la inteligencia, y a cualquiera que osara cruzarse por la confusa mente del joven. La culpabilidad era la única que se ubicaba cómodamente, la que reinaba sobre toda emoción o pensamiento, la emperatriz en el imperio del alma.

La rubia perfecta. La amaba, la amaba sobre todas las cosas. Solo ella había sido capaz de hacerlo sonreír, solo ella había dado sentido a su patética vida . Había respirado por ella desde el primer día.

Y se había quedado inmóvil, paralizado. Vio al hombre, al brillo de locura en sus ojos, y finalmente al revólver. Sus piernas se habían vuelto de piedra, su mirada se había fijado en aquel desconocido que corrompería su destino y su existencia.

No alcanzó a protegerla, a salvarla… ¿Lo había intentado siquiera?

Y antes de poder moverse o comprender de alguna manera lo que se avecinaba, la pequeña rubia se encontraba en el suelo, gritando de dolor, su vestido blanco manchándose de sangre.

La misma que él llevaba en sus venas.

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Red is a slow colour

4 Mar

Todo se ve tan oscuro, todo se siente tan frío.

Dejé escapar un grito cuando uno de mis pies descalzos pisó algo filoso. No supe qué era en aquel instante, pero sentí el dolor y la sangre caliente, muy roja aunque yo no pudiera verla, brotando de mí.

Apreté los puños, aguantando la tentación de correr, de intentar escapar de allí. El cansancio empezó a apoderarse de mí al mismo tiempo que el dolor cedía: casi sin notarlo, mis ojos se cerraron en búsqueda de descanso.

Fue entonces cuando se encendieron las luces. Incluso con la protección de mis párpados, la blancura me hizo doler la cabeza. Un instante, y mi mirada se encontraba correteando, analizando cada aspecto de aquel lugar.

Parecía salido de una película. Todo era blanco, más que la harina, más que la nieve…más que la muerte. Objetos cotidianos aparecían y desaparecían constantemente: sedas, plumas, flores. Observé el suelo y me encontré con una mullida alfombra bajos mis pies. Ningún objeto cortante o punzante…ningún rastro de mi sangre ni de mi reciente dolor. ¿Qué demonios era aquello? ¿Un sueño? ¿Una alucinación? Todo era demasiado real y demasiado fantástico al mismo tiempo. Las piernas me temblaban, no dispuestas a permanecer por mucho más tiempo en aquel extraño mundo paralelo. Finalmente me percaté de lo único que no se modificaba en aquel espacio era una enorme puerta, decorada de forma exagerada y anticuada. Insegura, giré el picaporte y la abrí, de hecho con una facilidad que casi me deja con la boca abierta.

Crucé entonces al otro lado, cerrando los ojos una vez más, ansiando volver al mundo real, despertar de aquella grotesca mentira. Me sentí sonreír, ilusionada y decidida.

Pero cuando abrí los ojos, mi realidad continuaba siendo ficción. Allí estaba de nuevo el cuarto…pero esta vez, todo era rojo. Completamente desesperanzada me dejé caer al suelo, en ese entonces unas frías baldosas que no amortiguaron mi descenso. Las lágrimas empezaron a aparecer, tan rápidas como siempre. Las sequé con mi antebrazo, y observé entonces que mi enfermiza piel se había manchado de sangre.

¿Alguna vez has temido que todos tus sentimientos negativos se concentraran en una habitación, rodeándote y forzándote a vivirlos? Yo sí. Aquello no era un sueño, era la peor de las pesadillas. Comencé a gritar, mis manos enredadas en mi cabello. Mi voz brotó con toda su fortaleza hasta que me quedé sin aire. Fue entonces cuando accidentalmente levanté la mirada, observando el lugar donde tendría que haber estado el techo de aquella habitación. En vez de eso, me encontré con un cielo rojizo, cargado de nubes, sin estrellas y sin Luna.

Ese lugar también tenía una puerta de salida, opuesta a la que me había llevado al lugar, pero no me percaté de su existencia hasta que alguien la abrió. Mi corazón casi se detiene por el susto, pero de alguna forma conseguí conservar la cordura.

Una figura imponente se ubicó en frente mío. Intenté levantarme del suelo, pero estaba pegada a él mediante algún tipo de magia infernal. No significó un gran problema, igualmente. La persona recién llegada se arrodilló a mi lado, mirándome a los ojos.

Era Ryan.

¿Quién era Ryan? ¿Quién era yo? Ya no recordaba cuál era mi verdad y cuál la fantasía. ¿Había salido alguna vez de aquella habitación? Sentía como si hubiera estado allí toda la vida. Aún así, Ryan… mi corazón débil volvió a enloquecer. El rostro de esa persona junto a mí estaba manchado con sangre, al igual que su camisa blanca y su jean claro. Tanta confusión no cabía en mi cerebro: si no descifraba aquel acertijo pronto, acabaría convertida en un cuerpo sin alma, sin recuerdos.

-El accidente -lo escuché susurrarme al oído. Sentí escalofríos y esperé a que continuara su discurso, pero no lo hizo. ¿Sería capaz de oírme? Debía intentarlo.

-¿Qué accidente?

-Tus demonios -sus ojos casi negros se fijaron en el cielo mientras hablaba de nuevo.

Pestañeé varias veces, comprendiendo cada vez menos. ¿Acaso yo era demasiado tonta para aquel ser, o éste era de alguna forma superior a mí? ¿Accidente? ¿Demonios? Tantos sinsentidos me marearon. Pero decidí guardar silencio al percibir que el extraño (¿Era un extraño? Quizás no. Algo en mi interior me hacía dudar) estaba dispuesto a continuar hablando.

-Nunca despertarás -hizo una pausa y estuve a punto de reclamar una explicación coherente- a menos que luches contra ellos.

Esta vez que sí no lo dejé terminar. Hablando con un tono bajo pero furioso, intenté aclarar mis dudas.

-¿Contra quienes? ¿Contra mis demonios? -lo observé asentir con la cabeza de forma lenta. Me cansé de sus reacciones lentas y relajadas, necesitaba volver a donde quiera que estaba antes. Así que simplemente le grité, aferrándome de su camisa con fuerza – ¡¿Quiénes son?! ¡Dímelo! ¡Sé que lo sabes!

-Eso… -acercó su rostro al mío hasta que nuestros labios se rozaron. Ante tal atrevimiento deseé golpearlo tan crudamente como me lo permitiera mi energía, pero mi voluntad para moverme y gritar se había esfumado como si fuera humo- No puedo decírtelo.
Iba a alejarme del extraño (Ryan, seguía repitiendo mi mente), pero para entonces ya había desaparecido. ¿Se había marchado por la pequeña puerta roja por la que había llegado? Probablemente no, pero yo sí lo hice.

La tercer habitación era azul. Podría haber vuelto a llorar, pero para ese entonces ya me había acostumbrado a las peculiaridades del lugar. Bueno, un poco.

Porque no esperé que cuatro personas entraran por donde yo había llegado unos segundos antes. Aún no me había caído al suelo (Plagado de arena y sal), así que me encontraba a la altura de los desconocidos. Preparé mi mente para una nueva tortura. Nadie me había explicado nada aún, pero estaba convencida de que la presencia de todas aquellas personas no era una casualidad. Mi presencia en aquel lugar no era una casualidad. Era destino.

No, ni siquiera destino. ¿Qué es el Destino? Uno de los cuentos que se inventaron para asustar a la gente. ¡Tonterías! Pero… si no era Destino y no era casualidad, ¿Qué era entonces? Retrocedí un par de pasos, alejándome de aquellos cuatro misterios que no dejaban de mirarme de forma acusadora. Dos hombres y dos mujeres. Jóvenes, heridos.

-¿Recuerdas a mi amiga? -una de las extrañas, una muchacha pelirroja, señaló una botella -uno de los objetos que aparecían y desaparecían en la habitación azul- Alcohol, supuse. “¿Y qué con eso?”, pensé. Pero los otros tres presentes no me dieron tiempo a hablar.

-¡Te lo advertimos!

-¡Lo sabías!

-¡Es TU CULPA!

Fue entonces cuando salí corriendo de la habitación. La habitación azul me llevó a una verde, la verde me llevó a una amarilla, y la amarilla me sumergió en oscuridad pura. Cerré los ojos, incapaz de llorar, incapaz de gritar: incapaz de pensar.

Y repentinamente mi cerebro decidió volver a funcionar. Los recuerdos comenzaron a surgir.

Un automóvil: yo estaba conduciendo. A mi lado se encontraba Ryan, que acariciaba mis piernas. Se suponía que debía disfrutar de aquella muestra de cariño, después de todo era mi novio…pero solo era una distracción más. Mis ojos se sentían muy sensibles ante la luz, la calle estaba borrosa (El problema no era yo, era la calle) y veía doble. Doble, triple, cuádruple. Los gritos de cuatro falsos amigos en el asiento trasero tampoco me ayudaban a concentrarme. ¡Me sentía tan cansada! ¿Cuándo acabaría el viaje? Miré a Ryan por un segundo, quien me sonrió. ¿Y luego…?

La habitación blanca.

Repentinamente todo cobró sentido. Todo había sido por mí. ¿Estarían muertos? Observé por primera vez mi vestimenta: parecía salida de un matadero. ¿Estaba yo muerta?

Aquello no parecía ser el Cielo ni el Infierno. Las palabras que aquel desconocido -que era de hecho, el más cercano a mi corazón- sonaron cuerdas y comprensibles. Debía luchar contra mis demonios, contra mi culpa, contra mis pecados: recién entonces sería libre. Podría abandonar las eternas habitaciones. Ahora solo había una incógnita presente en mi mente, esa en la cual me encontraba encerrada.

¿Cómo se lucha contra uno mismo?

Las Horas

12 Abr

Ella siempre lo esperaría. Tendría paciencia, respiraría profundo, y aguardaría todo el tiempo que fuese necesario. Días, meses, años. Todas las primaveras que tuviese que esperar, ella lo haría: cruzada de brazos, suspirando de pena, ella velaría, rezaría y suplicaría porque él abriese los ojos y entendiese los principios del amor.

Pero aquel día su ilusión brotó como una flor y su corazón renació como un fénix de sus cenizas, la joven anhelando como si fuese una niña de ojos soñadores otra vez. Había recuperado su gracia, su brillo, sus sonrosadas mejillas en aquella ciudad tan gris.

Él había aceptado verla al día siguiente.

La chica, repentinamente convertida en mujer, se miró al espejo y sonrió de oreja a oreja, orgullosa de sí misma. ¿Qué ropa se pondría? ¿Cómo debería maquillarse? ¿Qué estilo llevar? ¿Provocativa o dulce? No se decidía por nada específico, por lo que simplemente improvisó. Aún quedaban veintidós horas y treinta minutos, tiempo que no podía desperdiciar.

Veinte horas y cuarenta y siete minutos, y continuaba de pie frente al espejo, considerando cada una de las posibilidades. Cada palabra que diría. Cada respuesta que obtendría.

Cinco horas y ya se encontraba lista: apariencia y actitud, preparados para atacar. No había dormido debido a su ferviente ansia, pero era imposible ver las profundas marcas bajo sus ojos por la cantidad de maquillaje que llevaba puesto. Se sentía plástica, superficial…pero quizás eso fuese lo que él quisiese, lo que necesitase de ella.

Una hora y media, y salió de su apartamento. Ni siquiera lo cerró con llave, estaba demasiado ocupada pensando en otras cosas como para preocuparse por aquellas nimiedades. Andando tan velozmente como se lo permitían sus zapatos de taco aguja y color rojo sangre, bajó los cinco pisos que la separaban del vestíbulo por las escaleras, sin importarle las posibles consecuencias de tal apuro. No iba a llegar tarde, pero quería asegurarse de estar allí antes que él.

Quizás por su hiperactiva actitud o por su aspecto exaltado, pero los conductores de los taxis decidieron ignorarla, mientras desesperadamente intentaba lograr llegar a destino.

Media hora. La joven ya se había desprendido de su mínima paz y su casi inexistente calma, y estaba desesperada por encontrarse con su querida obsesión desde hacía tantos años.

Veinte minutos, y un auto por fin decidió detenerse. La chica, entre incomprensibles palabras de ira, se subió al taxi y le indicó el lugar al conductor. Un hombre amable, afortunadamente. Supo guardar silencio mientras ella entraba en pánico y se largaba a llorar, arruinando el maquillaje que tantas horas de sueño le había arrebatado.

Quince minutos tarde. Repentinamente, el conductor frenó de forma tan brusca que la llorosa casi se golpeó contra el asiento que tenía delante de ella. Se veía una concentración de gente tapando el camino que tendría que haber continuado el auto amarillo. Desorientada, la joven abrió la puerta del auto y se acercó a la fuente del escándalo. Tras todas aquellas entrometidas personas, a quienes empujó con muchas prisas, encontró la fuente del problema.

Varios automóviles habían impactado entre ellos. El resultado parecía demasiado obvio: una escena de una película policial, pero: ¿En la vida real? Nunca.

Sangre, sangre por todos lados. Un cuerpo sin vida, rodeado de temerosos espectadores. Melody, porque así se llamaba Ella, se acercó, orientada por su morbo y no por su sentido común.

En aquel momento deseó no haber visto nunca el rostro de aquella víctima del destino. Porque aquel hombre, la querida obsesión, podría haber determinado el futuro de la joven.

Cayó de rodillas sobre la calle, lastimándose las rodillas al impactar contra el suelo. Se le resbaló de la mano el billete que llevaba para pagarle al conductor del taxi, y la opresión que la joven sintió en el pecho en aquellos instantes no se parecía a nada que hubiese experimentado antes.

Ella siempre lo habría esperado. Pero el destino no era tan paciente. Melody había llegado quince minutos tarde.

Tolerancia

2 Abr

La intensidad de la bofetada aún me tenía mareada. Supongo que él lo notó, porque su expresión se ablandó, mientras lo poco de humanidad que le quedaba hacía que en sus facciones se dibujase una mueca de arrepentimiento. Aquel rostro apenado me había hecho sentirme culpable y responsable cientos de veces, pero ya no.

No sin muchos esfuerzos me levanté del suelo, manteniendo aún mi fría mano sobre mi ardiente mejilla, que se negaba a hacer ceder el dolor.

-Lo siento –lo escuché susurrar en el tono que usaba siempre-. No volverá a ocurrir, nena.

“Está bien, no pasa nada”. Eso decía yo siempre.

Esquivándolo, mientras me miraba ansiosamente, me dirigí a la cocina. Tomé el teléfono y marqué, con mis dedos temblorosos, el novecientos once. Ante la robótica voz de la operadora, respondí con firmeza:

-Maté a mi novio –y mientras pronunciaba aquellas palabras, tomé un cuchillo.

Despierta

27 Mar

Satine garabateó figuras indescriptibles en una hoja de papel antes de decidirse. Veía su rostro, muy desmejorado por el paso de los últimos veinte años, reflejado en el espejo que tenía cerca. Tomó el bolígrafo y suavemente, se comenzaron a trazar las delicadas figuras de su cursiva. Apenas se detenía para tomar aire, sin pensar siquiera en las palabras que brotaban, impregnando la hoja.

27 de marzo de 1998

Querido Samuel:

¿Cómo estás? Hace mucho que no respondes a mis cartas. ¿Te sigo importando en lo más mínimo? Un día me hartaré de esperarte, y cuando quieras volver a mí, yo ya me habré marchado, y estaré tan lejos como pueda de ti.

Esta es mi última advertencia, Samuel. Sabes que te quiero, que te quiero más que a mi vida misma, pero me estoy cansando. Comprendo que estés ocupado, realmente lo hago, pero llega un momento en la vida de todos en la que hay que volverse responsable y despertar. Despierta, querido mío: yo ya lo he hecho.

¿Estás ignorándome? No quiero pensar en ello siquiera, pero estas cosas nunca se pueden descartar. ¿Estás enojado conmigo, Samuel? Merezco una explicación. Espero recibirla pronto, antes de tener que marcharme…

Te quiero mucho, y espero que podamos vernos pronto. Extraño aquellos momentos que pasábamos juntos, el día a día que tan feliz me hacía. Quiero tener novedades de ti y de tu viaje, cariño. Despierta.

Satine

Y al acabar de escribir, dobló la hoja por la mitad, la colocó en un sobre al que cerró con total tranquilidad, y lo guardó en un cajón. Entre la pila de sobres cerrados que había allí, sobresalía un recorte de periódico:

“27 de marzo de 1978: El exitoso empresario Samuel Lennys fallece en trágico accidente automovilístico”.

Dime

26 Mar

No me digas que me odias.

Llámame mentirosa, si quieres. Pero tú eres quien oculta todo tras una sonrisa, quien esconde las más crueles verdades tras débiles palabras de consuelo.

Dime que soy violenta, si quieres. Pero no soy yo quien se disculpa tras cada golpe, pero nunca parece reivindicarse, no soy yo quien se comunica gritando, dejándose llevar por la ira.

Llámame malvada, si quieres. Pero tú eres quien forja en mí las grandes ilusiones que reinan mi vida, eres tú quien vive su vida guiándose por los ajenos.

Dime que soy de lo peor…si quieres. Pero no soy yo quien tras cada botella se vuelve más maligno, no soy yo quien sólo almacena odio y rencor.

Llámame mentirosa, dime que soy violenta, llámame malvada, dime que soy de lo peor.

Pero no me digas que me odias, cariño.

Porque yo te quiero.

Bien acompañada

20 Feb

Clarissa le dedicó una deslumbrante sonrisa a su reflejo. El espejo estaba manchado desde hacía minutos, horas o tal vez días, pero la joven, que no alcanzaba los dieciocho años, parecía no notarlo.

Estaba satisfecha con la gruesa capa de maquillaje que ocultaba el cansancio provocado por las decenas de horas de insomnio. Fuese como fuese, su amplia sonrisa ocultaba todo rastro de debilidad o imperfecciones.

Sus labios, pintados de rojo carmín, eran sensuales y desafiantes. Aquella ocasión sería muy especial…o al menos eso se dijo a sí misma. Dándose un último repaso en el espejo, que le devolvía una imagen sumamente distorsionada de ella misma, se volteó y observó la mesa que, con un mantel color sangre, la invitaba a sentarse a ella  y disfrutar de aquel único momento.

Observó los elementos que reposaban en ella: velas blancas y negras y utensilios para una persona.

Clarissa tomó la copa entre sus manos, con sus largos y finos dedos, y su piel blanquecina relució en el cristal. El misterioso tono rojizo del líquido que brillaba en la copa hizo que la joven se pusiese seria. Vaya si aquella era una noche especial.

Ella misma hacía que todo valiese la pena.

Psychopathy

18 Feb

Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.

Aquel era el constante patrón que seguía el repiqueteo de sus dedos sobre cualquier superficie. Así era como intentaba pasar los minutos, las horas, los días, mientras pensaba qué rumbo seguiría su vida.

No se conocía a sí misma, pero no hizo más que suspirar y sonreírse a sí misma. ¿Qué tipo de persona era?

¿Tenía un corazón? Más allá de aquel órgano que le permitía sentir la sangre correr por sus venas, escuchar ese insoportable tambor que surgía bajo su pecho, ¿Conocía los sentimientos reales? Su cruda indiferencia no hacía excepciones, y por más que hubiese intentado cambiar su forma de pensar, el dolor y el placer le parecían palabras vacías, utilizadas por los humanos para llenar sus huecas almas.

Encendió una vela y sus ojos se entrecerraron para ver la llama arder y consumir la cera. Ese era su plan. Ser aquella llama que aumentaba progresivamente e iba acabando con todo. ¿Quién podría detenerla una vez que se hubiese convertido en un incendio incontrolable?

La radio llevaba interminables horas encendida, pero a ella la música ya le era indiferente. En aquellos momentos sólo podía pensar en una cosa.

Uno, dos, tres.

Lies

3 Ago
El invierno de 1984 me pareció el más frío de todos, pero el clima no era el responsable. Hoy en día, me avergüenzo de todo lo que dije y lloré en vano, bajo la mirada atenta pero silenciosa de mi madre.
Era un veiuntiuno de junio y yo apenas tenía diez años. Mi padre me había prometido, como siempre lo hacía, que aquel día en el que yo tenía fiebre y deseos de permanecer en la cama, se quedaría conmigo. “¡Esta vez sí que llegaré temprano y jugaremos, Álvaro!”, recuerdo que me mentía cada vez que yo le pedía que se ausentase del trabajo. Como un tonto siempre me ilusionaba, a pesar de que los pedazos de hielo azulado que mi madre tenía por ojos ya supiesen, y lentamente intentasen indicarme, cómo resultarían las cosas.
Como siempre.
Y yo siempre esperaba como un bobo mirando por la ventana durante horas y horas, hasta que mi madre me hacía volver al mundo. “No va a venir temprano hoy”, repetía siempre. A pesar de ello, mi padre seguía prometiendo…y yo seguía creyéndole.
Pero ese veintiuno de junio, mi padre no regresó a casa. Cuando fui a buscar  mi madre a la habitación al día siguiente, las cosas de papá no estaban. Su parte del armario estaba vacía. Sus portarretratos, sin fotos. Mi madre entró en el cuarto cuando yo estaba empezando a sollozar, empezando a entender las cosas.
-¿Dónde está papá?-pregunté casi gritando, desesperanzado. Mi madre permaneció inmóvil por unos segundos. Finalmente reaccionó, se acercó y me abrazó.
-Esta vez no va a volver, Álvaro. Se fue para siempre.
Nada ni nadie podría haber lastimado a mi madre como lo hice yo en ese momento.
-Yo no te quiero a ti, ¡Quiero a papá!-grité entre las lágrimas y salí corriendo
Luego de ese día, descubrí varias cosas: mi madre no era insensible como yo creía, y mi padre se había marchado para siempre. En su momento creí que era porque se había cansado de nosotros, pero ahora comprendo que era un cobarde. Y hoy, veinticinco años más tarde, frente al lugar en el que descansará para siempre la persona que más me quiso y más desprecié, me siento un idiota.
“Perdóname” es lo único que alcanzo a decir.

Untitled

2 Ago
Sostuve la foto con mis frías y temblorosas manos, al tiempo que una lágrima rebelde resbalaba por mi mejilla. Los recuerdos me hicieron mal. Mi memoria se remontó a aquel último momento que compartí con ella. Lo recordé como si hubiese ocurrido el día anterior. La habitación de mi madre, cuidadosamente pintada de color lila, los muebles de roble heredados de mi bisabuela. El perfume a jazmín que desprendía aquella persona a la que tanto quise. Recordé su amplia sonrisa, sus ojos grises. “Como los míos”, pensé. ¿Cómo era posible que todos y cada una de mis memorias siguieran tan arraigadas a mí? Quizá porque aunque habían pasado quince años, aún no me había recuperado del repentino golpe que había supuesto la muerte de mi única confidente. Aún no me había perdonado por no haber ido con ella en aquel avión, así como a mis veintisiete años no había logrado dejar de lagrimear ante su mínima mención. La nostalgia me invadió hasta que sentí cómo el corazón se me oprimía. No me sentí capaz de afrontar su ausencia. Los recuerdos eran demasiado nítidos.
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