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Lorraine: Capítulo 1

21 Feb

Salí corriendo al ver mi reloj, aunque debería haberle dado las gracias al hombre. Me había quedado dormida en el subterráneo, y como siempre, de mi sueño profundo nadie quiso ni habría podido, de cualquier manera, despertarme. Cuando el recorrido había acabado, un anciano lento y torpe me había avisado, suavemente, de que ya me tenía que ir de allí o que nunca llegaría a mi casa. Me levanté de un salto y desaparecí de allí como si me persiguiese un rayo.

Recordé mi extraña travesía en aquel sucio transporte. Las luces amenazaban con apagarse a cada momento. Y, por supuesto, estaba aquel hombre que me torturaba con sus ruidos.

Sentí el repiqueteo de sus dedos contra el vidrio de la ventana y me mordí el labio, conteniendo el deseo de pedirle que se detuviese.
Pero claro, ¿Quién era yo para darle órdenes a un completo desconocido, aunque me estuviese poniendo extremadamente nerviosa haciendo ruido en el subterráneo? “Basta ya, maldita compulsiva, basta ya”, me dije mentalmente.
Miré como pude por la sucia ventanilla. El paisaje era monótono y gris, y me resigné a aguantar el sonido que me acompañaría por el resto del viaje.

Cuando finalmente me encontré en la calle, odié mi idiotez: el lugar estaba inundado de graffitis, prostitutas y algunos grupos pandilleros. Yo misma formaba, de alguna manera u otra, parte de uno, pero no éramos agresivos: simplemente nacimos y crecimos con carencias que nos hicieron diferentes. Pero aquellas personas, en aquel lugar…sentí que iba a desmayarme, porque los recuerdos vinieron a mí como una repentina ráfaga de viento. Aún así continué mi camino, intentando esquivar a todas las personas. Observé con desagrado los edificios: la mayoría de ellos estaban tapiados o abandonados; todos tenían un aspecto que daba pena…o miedo.

Porque por aquella época yo aún sabía lo que era sentir miedo. Lo sentía todo con intensidad, de forma brusca. Delicadeza era para mí una palabra desconocida.

En ese instante, aún poseyendo mi disfraz de chica dura, comencé a temblar: como si realmente me preocupase, como si mi supuesta indiferencia no fuese más que una gran mentira. Apreté los puños, cargada de repentina rabia, sabiendo que yo no podía permitirme ser una debilucha. Recuerdo perfectamente mis pensamientos, porque ni el paso de los años ni las experiencias que atravesé cambiaron mi esencia.

Y así fue como, mientras insultaba al mundo entero en mi cabeza, localicé a Marcus en aquel tétrico lugar, entre tanta gente asquerosa. Me pregunté qué haría él allí. Era de mi grupo, pero a diferencia de los demás, era muy misterioso y escurridizo. Me extrañó verlo allí, hablando con una flamante pelirroja que, sin pudor, exhibía su cuerpo semidesnudo. Les dediqué una mirada furiosa sin pretenderlo y continué caminando por la vereda. Las baldosas del suelo estaban mayoritariamente rotas o flojas, haciendo muy fácil caerse y romperse la nariz, por lo que pisé con cuidado, mirando hacia abajo. No presté atención a mi camino, porque inconscientemente sólo intentaba alejarme de él. De cualquier forma en algún momento tendría que acudir a él para pedirle ayuda, pero intenté postergarlo lo máximo que me lo hiciese posible mi torpe sentido de la ubicación.

Una vez que me hube alejado unos cien metros, me puse a observar a Marcus. Estaba riéndose.

“¿Acaso puede reír? ¿Acaso puede sentir siquiera?” Me pregunté incrédula, encontrándome aún más sorprendida que antes. Marcus se caracterizaba por su enorme carencia de calidez o expresividad alguna, esa que me obligó a mantenerme alejada de él apenas lo vi con la pelirroja. Y tras esta inesperada muestra de humanidad de parte de quien yo creía conocer perfectamente, me encontré escondida tras la columna de un negocio, dedicándole una mueca de odio al mundo entero.

Esperé a que se besasen, se abrazasen, o se tocasen siquiera, pero no ocurrió. Continuaron hablando, y Marcus seguía soltando amplias sonrisas. A pesar de las irrefutables pruebas, en aquel momento me negué a creer que fuesen solo amigos…

…pero realmente deseaba volver a “casa”. Así que, cuando la pelirroja dio media vuelta y se alejó por un oscuro callejón, correteé hacia él, deseosa de que me ayudase a encontrar un camino de regreso. No conté con el hecho de que las baldosas continuaban estando rotas, así que cuando casi había cruzado la calle me caí estrepitosamente. “Alabada sea mi torpeza”, pensé cuando miré mis manos y mis rodillas, con las que me había apoyado al caer. Estaban ensangrentadas y llenas de cortes, porque obviamente yo había encontrado el mejor lugar para mi aterrizaje: uno donde había varias botellas rotas, y por consecuente, cientos de pedazos de vidrio.

Pero aún así me incorporé con velocidad, aunque me sentía algo mareada, y comencé a buscar con la mirada a Marcus. No sé cómo, pero lo encontré a mi lado, intentando contener una sonrisa burlona. Las lágrimas se seguían acumulando en mis ojos a causa del dolor, pero lo miré crudamente.

-Divertidísimo–le dije con ira, cargando mis palabras de sarcasmo.

Aparentó que no me había escuchado, pero vi cómo su sonrisa se desvanecía de forma imperceptible. Tomó mis manos entre las suyas y las comenzó a mirar detenidamente.

Su piel helada me causó escalofríos, y su tacto me recordó al del hielo. De cualquier forma, las manos me ardían, así que se lo agradecí mentalmente, pero no por mucho tiempo. Antes de que pudiese reaccionar ante ello, noté que mi dolor aumentaba como si me clavasen agujas en cada corte. Pero no. Sólo era Marcus sacando los trozos de vidrio que estaban en mi piel. La sangre continuaba brotando y me distraje mirando cómo se estampaba en su camiseta gris, dibujándose así enormes manchas oscuras.

Aún sin decir una palabra, soltó mis manos sangrantes y me indicó que lo siguiese. Mis piernas no deseaban moverse a causa del ardiente sufrimiento de los cortes. Estaba empezando a quejarme cuando él me tomó entre sus brazos, sin darme tiempo a decir nada y también dejándome sin posibilidades de hacerlo.

No sé en qué momento ocurrió exactamente, pero me caí en un sueño ligero, provocado por el cansancio acumulado en mi cuerpo.

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